Recordamos la historia de la tienda de comestibles en EE. UU. a partir del 4 de julio de 1776, el día en que los delegados de las 13 colonias firmaron la Declaración de Independencia. En aquella época, la mayoría de los habitantes de la joven nación obtenían sus alimentos de la misma forma que lo habían hecho durante generaciones: en bulliciosos mercados públicos, en tiendas generales donde el tendero atendía a los clientes desde detrás del mostrador, o directamente de sus propias granjas.
Nadie, en aquel caluroso día de verano en Filadelfia, podría haber imaginado que, dos siglos y medio más tarde, sus descendientes harían la compra en gigantescos almacenes de acero y cristal, con más de 31,000 productos diferentes a su disposición, o con un solo clic desde la comodidad del sofá de su salón.
La historia de la tienda de comestibles en EE. UU. es, en muchos sentidos, la historia de la propia nación: una saga de ingenio, crisis, guerras, innovación y, sobre todo, un apetito insaciable, tanto en sentido literal como figurado, por reinventarse a sí misma.
Los inicios de la historia de la tienda de comestibles en EE. UU.
(1776-1850)
En los primeros años de la nueva nación, la adquisición de alimentos era una tarea íntima que exigía mucho trabajo. Los mercados eran el corazón social de cada comunidad: en Boston, el mercado público existía desde 1634; en Filadelfia, desde 1682.
Los viajeros que pasaban por esos mercados describían escenas rebosantes de vida, con agricultores, comerciantes e intermediarios compitiendo por un espacio para vender carne, pan, harina, verduras y especias importadas.
La tienda general era la institución comercial por excelencia. Los clientes no seleccionaban sus propios artículos: les entregaban al tendero una lista, verbal o escrita, y él recogía los productos de las estanterías y de los barriles situados detrás del mostrador.
La mayoría de las transacciones se realizaban a crédito, con el pago aplazado hasta el final de la cosecha o de la temporada.
El nacimiento de un gigante: A&P y las cadenas
(1850-1916)
El país se expandía hacia el oeste. Los ferrocarriles comenzaron a conectar territorios lejanos y a transportar alimentos a velocidades sin precedentes.
La segunda mitad del siglo XIX trajo consigo la Revolución Industrial y, con ella, la expansión masiva del comercio alimentario. En 1859 se fundó la Great Atlantic and Pacific Tea Company, la famosa A&P, que comenzó vendiendo té y café importados a precios más bajos al prescindir de intermediarios.
Fue la primera gran cadena de supermercados en la historia de Estados Unidos. En 1929 ya contaba con más de 15 000 tiendas, convirtiéndose en una de las pocas empresas del mundo con unos ingresos anuales superiores a los 1 000 millones de dólares.
Por esa misma época surgieron nombres que aún hoy resuenan en todos los rincones del país: Kroger (fundada en Cincinnati en 1883) y Safeway (que adoptó su forma actual en 1926, cuando el banquero Charles Merrill, de Merrill Lynch, impulsó la fusión de varias cadenas del oeste).
Sin embargo, todas estas tiendas eran diminutas, entre 500 y 600 pies cuadrados, y seguían funcionando según el modelo tradicional de mostrador y dependiente.
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La revolución del carrito de la compra: Piggly Wiggly y el autoservicio
(1916)
El 6 de septiembre de 1916, un vendedor de Memphis llamado Clarence Saunders abrió las puertas de una tienda que cambiaría para siempre la forma en que el mundo compra alimentos.
La bautizó con el nombre más insólito de la historia del comercio minorista: Piggly Wiggly.
Cuando le preguntaban por qué había elegido ese nombre, Saunders respondía con picardía: “Para que la gente se hiciera precisamente esa pregunta”.
Lo verdaderamente revolucionario no fue el nombre, sino el concepto: por primera vez, los clientes podían coger una cesta y recorrer los pasillos por sí mismos, seleccionando sus propios productos de las estanterías abiertas.
No había dependientes que les atendieran; los precios estaban marcados en cada artículo. El autoservicio no solo era más eficiente, sino también más barato, y los consumidores lo acogieron con entusiasmo.
En 1923, la cadena contaba con 1.268 tiendas en todo el país, con unas ventas anuales de 100 millones de dólares.
El nacimiento del supermercado a raíz de la desesperación
(1930)
La Gran Depresión, que destruyó millones de puestos de trabajo y fortunas a raíz del crack de 1929, fue, paradójicamente, el catalizador de una de las innovaciones más importantes del comercio minorista moderno.
En agosto de 1930, un ejecutivo llamado Michael Cullen, que había sido rechazado por sus superiores en Kroger —que ni siquiera se molestaron en leer su propuesta—, abrió por su cuenta el primer supermercado tal y como lo conocemos hoy en día: el King Kullen, en Queens, Nueva York.
Con 6.000 pies cuadrados de superficie, la mercancía apilada en estanterías metálicas baratas y precios bajísimos, la tienda generó más de 10.000 dólares en su primera semana. Cullen la promocionó sin complejos como «el mercado de alimentos más grande del mundo».
Guerra, racionamiento y la caja de macarrones
(1940-1945)
La Segunda Guerra Mundial puso a prueba a la industria alimentaria como nunca antes. A partir de 1942, el Gobierno federal racionó el azúcar, el café, la carne, el queso, la mantequilla y otros productos básicos.
Las amas de casa aprendieron a sacar el máximo partido a cada libra de carne y a cultivar «huertos de la victoria» en sus patios traseros.
En este contexto de escasez, nació una leyenda culinaria: Kraft vendió 50 millones de cajas de sus famosos macarrones con queso en polvo durante los años de la guerra, y con un solo cupón de racionamiento se podían adquirir dos cajas. Era barato, rápido y llenaba el estómago.
La edad de oro del supermercado y el escáner de códigos de barras (1950-1980)
El periodo de posguerra trajo consigo prosperidad, suburbanización y automóviles. El supermercado moderno floreció: grandes tiendas con aparcamientos, iluminación fluorescente y pasillos que parecían interminables.
En 1967, abrió sus puertas el primer Trader Joe’s en Pasadena, California, ofreciendo productos de marca propia a precios inusualmente bajos para una tienda especializada.
La gran revolución tecnológica llegó en el verano de 1974: se instaló el primer escáner de códigos de barras del mundo en un supermercado Marsh de Troy, Ohio. El primer artículo escaneado en la historia del comercio minorista fue un paquete de chicles de Wrigley’s.
A partir de ese momento, la gestión de existencias y el proceso de pago nunca volvieron a ser los mismos.
La industria del billón de dólares y el futuro digital
(1990–actualidad)
El capítulo moderno de la historia de los supermercados estadounidenses es de billones de dólares. Hoy en día, el sector de los supermercados de EE. UU. es uno de los más grandes del mundo. En 2025, los consumidores, las empresas y las entidades gubernamentales gastaron 2,51 billones de dólares en productos alimenticios.
Según la FMI (Asociación de la Industria Alimentaria), las ventas totales de los supermercados en 2024 superaron el billón de dólares, con aproximadamente 45 575 tiendas en todo el país.
El supermercado medio tiene una superficie de 42 453 pies cuadrados y ofrece a los consumidores cerca de 31 795 productos diferentes. Walmart, con más de 4 700 tiendas, domina el sector, con unos ingresos globales anuales que superan los 572 mil millones de dólares.
El siglo XXI ha traído consigo una nueva revolución: el supermercado digital.
En 2024, los consumidores estadounidenses gastaron casi 59 000 millones de dólares en compras de alimentos a través de la plataforma en línea de Walmart. El 7,1 % de todas las ventas de los supermercados se realizan ahora en línea, y el 35 % de las transacciones en tienda se completan en cajas de autopago —un eco digital del antiguo Piggly Wiggly de Clarence Saunders.
Esa es la trayectoria de la historia de la tienda de comestibles en EE. UU.: en 250 años, Estados Unidos ha pasado del tendero que anotaba las deudas de sus clientes en un cuaderno al algoritmo que predice lo que meterás en tu carrito de la compra la semana que viene.
La mesa familiar ha cambiado, los sabores se han globalizado y la cadena de suministro abarca todos los continentes. Pero la fuerza motriz original sigue siendo la misma que impulsaba aquellos mercados coloniales de 1776: alimentar a una nación que nunca deja de crecer.
